Llegar a Japón, llevar a Japón

Por: Laura Acosta
Exbecaria Monbukagakusho 2006 – 2011
Cultura Comparada (Literatura)
Universidad de Tsukuba

 

La noche que llegué a Japón fue como el principio de una película donde se superponen muchas imágenes que dan pistas sobre la historia que está a punto de desarrollarse. Desde la ventana de un taxi vi luces de colores, cerezos en flor a la vera de un río y filas interminables de edificios luminosos cuyos letreros no podía entender. No mentiré diciendo que la vista me sorprendió, pues la verdad, Japón era —al menos durante los primeros días— exactamente como yo lo imaginaba. Fue con el paso del tiempo que la confirmación se fue convirtiendo en exploración, en el descubrimiento de un universo entero del que yo creía saber algo pero no conocía más que fragmentos de un eco distante.

Con el tiempo llegué a saber que las luces de aquel primer avistamiento de la ciudad pertenecían a Odaiba, que los cerezos en flor se estaban reflejando sobre el río Sumida, llegué a entender lo que decían aquellos letreros. Pero este proceso no fue una mera recolección de impresiones e información. Me fui adentrando en ese mundo, sí, pero al mismo tiempo, ese mundo se fue arraigando dentro de mí. Han pasado diez años desde aquella noche y yo ahora me encuentro lejos de aquellas visiones, lejos de todo lo que logré recolectar en un puñado de años de vida en el archipiélago. Sin embargo, dondequiera que esté, mantengo la sensación de que nunca llegué a irme de allí del todo.

Uno aterriza una noche cualquiera en Japón, y tal vez un día uno tome otro avión hacia otro lado. Sin embargo, Japón nunca se va de uno. Me alegra mucho saber que tuve la fortuna de que me haya recibido unos años mientras que yo lo recibí para siempre.